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El viejo encendió otro cigarrillo de mi paquete de rubio americano, dio una profunda calada, expulsó el humo, me miró fijamente a los ojos y dijo:
—Además, Federico García Lorca no murió en agosto de 1936.
Dio otra calada al cigarrillo y se quedó mirándome con sus intensos ojos brillando, una levísima sonrisa eufórica en los labios, la misma del jugador que te descubre tres reyes cuando esperas un par de cincos, un ligero temblor en la mandíbula, como si la frase que acababa de pronunciar fuese un sabroso bocado y él lo estuviera degustando. Estaba feliz de hablar y de que alguien le escuchara. Y, desde luego, había conseguido sorprenderme con su espectacular afirmación, aunque no gratamente: yo