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PREFACIO
El arte espanol Parece lógico alinear esta entidad con otras de su inmediata vecindad, el arte francés y el arte italiano, para definirla mediante analogías o antilogías. Pero apenas escrito dicho título las dificultades o los escrúpulos asaltan al autor. Así pues, es preciso justificarse. Porque, en efecto, ?cómo reducir a un siglo o a una simple fórmula ese bloque pentagonal que se nos ofrece al primer golpe de vista, pero cuya unidad estructural es tan sólo aparente? Tan pronto como el enfoque busca apoyo en la realidad física o la secuencia histórica, se escinde en cien fragmentos que necesitamos ajustar, no sin laboriosidad, para hallar el comienzo de una individuación.
Espana Ofiusa, como la denominaban los griegos de la Fóci-da, tierra de serpientes a la cual llegaban siguiendo la declinación solar hacia el occidente del Mediterráneo. Iberia, según el geógrafo Hecateo de Mileto a principios del siglo v. Heró-doto de Halicarnaso la denomina Keltiké. Es Hispania en la época romana: tierra de conejos, pues este animalito llegó a ser un emblema por alguna razón ignorada; en una medalla de dona Juana, hermana de Felipe II, lo vemos al pie del trono ocupado por la diosa que enarbola un haz de espigas. Durante el tercer milenio es la fabulosa Tartessos, país de la Bética. Los fenicios la frecuentaban, y la Biblia la conoce por el nombre de Tarsis, rica en minas argentíferas. Al correr de las centurias pasaron por ella los cartagineses de Amílcar, hacia el ano 230; luego, los griegos y los romanos; en la época cristiana, Santiago y san Pablo; y en el período de las invasiones, vándalos y visigodos. El Islam se instaló en ella por varios siglos, y la Reconquista llegó a ser el pensamiento ob-